UNA APROXIMACIÓN AL LIBRO SABATO, EN ESOS INSTANTES DE ESTEBAN ASENCIO


Jorge Márquez (Puebla, México) es Doctor en literatura hispanoamericana.  Como poeta y ensayista ha colaborado en periódicos y revistas culturales de México y América Latina. Ha publicado siete libros: Asir y atar (BUAP); 3D (Ediciones Sin Nombre / Gobierno del Estado de Puebla); Eleusys Zen (Leviatán); Introducción a la Multipolaridad (Valparaíso); Christkind Tsunami (Leviatán); Cuaderno ámbar (Alcorce) y Pingüinos en la luna (Laberinto Ediciones).


Me gustaría comenzar por el título (un inicio poco original, lo sé, más bien ortodoxo). ¿Qué nos anuncia Sabato, en esos instantes? Centremos nuestra atención en el adjetivo demostrativo “esos”. ¿Por qué el autor opta por él? No se trata de “aquellos” instantes, adjetivo que nos llevaría de lleno al pasado, ni de “estos”, que nos sitúa en el presente, aunque, forzando las cosas, podría adjudicársele el valor de presente histórico, es decir, un presente con valor de pasado. No es el caso.  Consideremos, además, que el motor temporal, por decirlo así, está dado por el sustantivo “instantes” en las tres variantes que he mencionado. De hecho, “instantes” o “instante”, si lo aislamos, nos remite al presente fugaz y, paradójicamente, inamovible. El demostrativo aquí lo vuelve dinámico.

Ya vimos a dónde llevarían a dicho sustantivo “estos” y “aquellos”, presente y pasado. ¿Qué hay entonces de “esos”? Vuelve la pregunta, ¿por qué Asencio eligió ese demostrativo y no los otros? Y es que “esos”, se mueve entre “aquellos” y “estos”, es decir, en una especie de limbo entre pasado y presente. Además, la expresión “en esos instantes” alude también a un acontecer, un estar siendo, un devenir, condición ideal para el tratamiento que le habrá de dar a su libro nuestro autor, como en breve voy a explicar.

El otro elemento del título es el apellido de uno de los escritores en lengua castellana más interesantes del siglo XX: el argentino Ernesto Sabato. ¿Estamos frente a una biografía? Sí y no. Convengamos que este género, el biográfico, entra en el campo de la historia o, dicho propiamente, de la historiografía. Aunque ésta normalmente la asociamos con la consignación de grandes acontecimientos sociales de interés para toda una comunidad, contar la historia de un individuo comporta las mismas características estructurales, y si se quiere, epistemológicas, que aquella. Desde esta perspectiva, digamos tradicional, podríamos pensar que el texto de Esteban es una biografía. Pero en el ensayo que precede a la edición española de uno de los libros capitales sobre el tema, Filosofía analítica de la historia, de Arthur Danto, Fina Birulés, siguiendo el pensamiento del norteamericano, sostiene que: “[…] la idea de que la reconstrucción del sentido de los acontecimientos históricos no se reduce a la recuperación del contexto y de la perspectiva de los agentes y testimonios inmediatos [pues] el significado se halla ligado a la consciencia retrospectiva de intérpretes históricamente situados”[1]. Esto quiere decir que el historiador, el biógrafo, no es un cronista, no puede serlo, por lo que la consignación de hechos siempre será fragmentaria para quien tenga que salvar el obstáculo de la distancia temporal. Queda claro que aún con el apoyo de la filología y la documentación sería imposible cumplir con la labor de lo que el propio Danto llama el cronista ideal, aunque éste, a su vez, va a enfrentarse con algunas limitaciones en el plano discursivo, y en las que no vamos a profundizar aquí.

Existe pues, una limitación característica del conocimiento histórico que podemos ver en el discurso que le es propio compuesto por oraciones narrativas que reflejan no sólo la forma en que hablamos del pasado, sino la manera en que lo concebimos. De ahí las inferencias, las posibles resultantes para articular hechos relacionados entre sí pero que presentan lagunas imposibles de salvar, a menos que tuviéramos una máquina del tiempo para viajar al pasado, que se atienden con la imaginación creadora que no es otra cosa que, cómo he dicho siguiendo a Danto, la manera en la que entendemos el pasado. De lo anterior quisiera extraer dos términos clave: oraciones narrativas e imaginación, elementos propios, de igual manera, del género de ficción por antonomasia: la novela. Ahí también existe una distancia temporal entre lo que hay que contar y lo que se cuenta, o mejor, cómo se cuenta lo que hay que contar, porque, necesariamente, cuando comenzamos a narrar lo que hay que contar ya ha sucedido. El mismo mecanismo de la escritura de la historia que como vimos es característica propia de la manera en que desde la historia se comprende la realidad. Paul Ricoeur, siguiendo los presupuestos de Hayden White, lo dice claramente: “La escritura de la historia […] no es exterior a la concepción y a la composición de la historia; no constituye una operación secundaria, propia sólo de la retórica de la comunicación, y que podría desestimarse como si fuera de orden simplemente redaccional. Es constitutiva del modo histórico de comprensión. La historia es intrínsecamente historiografía [lo que se escribe sobre hechos del pasado] o, para decirlo de una forma deliberadamente provocadora, un artificio literario”[2].

Esteban Asencio

Llegamos así al centro de la cuestión. Esteban Ascencio hace un recorrido por la vida y el pensamiento de Sabato sin perder su condición y su mirada de novelista. Esteban no es historiador ni biógrafo de profesión o afición, lo suyo es escribir novelas y el tratamiento que le da a Sabato, en esos instantes corresponde justamente a quien escribe ficciones. ¿Es por eso más o menos objetivo? Pronunciarse al respecto es no haber entendido la afinidad que existe entre historia y narración, o que toda objetividad implica subjetividad, incluso en la ciencia, como el propio Sabato, que trabajó en este campo, llegó a decir. Pero además, en este caso, la subjetividad se agradece por partida doble porque Esteban tuvo la fortuna de conocer personalmente al argentino (¿o debería decir “reconocer?), después de haberlo seguido con gran profundidad y, por qué no, también afecto, a través de sus obras (estarán de acuerdo conmigo en que uno termina queriendo fraternalmente a aquellos autores o autoras que llegan, no sólo a conmovernos, sino a tocarnos el alma).   

Así pues, Ascencio no ha escrito una biografía, sino una novela con Sabato como protagonista en un diálogo incesante del argentino consigo mismo, con sus coetáneos y sus circunstancias, esto es, la vida literaria, cultural y política de su tiempo, pero también, y esto es sumamente importante, con sus personajes, quiero decir, los personajes más importantes de sus tres novelas publicadas. Y aquí me quisiera detener un momento para señalar una dicotomía más. Otra de las virtudes de Sabato, en esos instantes es que, por un lado, el lector que conoce la obra del autor de El túnel, por lo menos la obra de ficción, identificará los guiños, así como las claves del discurso de aquellos personajes. Por otro, quienes no han tenido oportunidad de acercarse a sus libros se verán remitidos a ellos cumpliéndose así el sueño feliz de un escritor que valora a otro escritor: que se conozca la obra de este último, que surjan a su alrededor nuevos lectores.

No menos interesante es esa suerte de paralelismo formal a partir del que está construido el libro de Asencio, o si se quiere, de un metadiálogo alrededor de la técnica escritural de autor a autor, diálogo que deviene reconocimiento y que termina por ser guiño y homenaje. Desde mi punto de vista, en lo general, Sabato, en esos instantes está escrito siguiendo el patrón, en cuanto a la forma, de Abaddón el exterminador, tercera novela publicada por el argentino y que constituye el cierre de su famosa trilogía precedida por El túnel y De héroes y tumbas. Aunque sé que a él no le habría gustado para nada el oxímoron, en ella tenemos al Sabato más sobriamente experimental. Se trata de una novela collage donde el propio autor aparece como un personaje más que se relaciona con los personajes de sus novelas anteriores, y también como el autor que es realmente, en un plano autobiográfico o autorreferencial, interactuando con esos mismos personajes y con los hombres y las mujeres de la vida cultural de la época en la que le tocó vivir y con quienes tuvo relación. Hay también reflexión filosófica, crítica social y política, así como una reutilización de las ideas propias que extrae de su obra ensayística y pone a circular en nuevos contextos. Recordemos que la mecánica del collage consiste justamente en descontextualizar para recontextualizar.

Así es como funciona, por su parte, Sabato, en esos instantes, desde luego, con una intencionalidad y una lógica (si cabe hablar aquí de lógica) que le son propias. Esteban se ha propuesto abordar la vida de Ernesto Sabato teniendo como eje narrativo la profunda relación que el autor tuvo con Matilde Kusminski, su mujer . En este sentido el libro es, entre muchas otras cosas, una historia de amor ejemplar que duró 62 de años. Por supuesto, Asencio hace antes una revisión de la niñez del autor, de su adolescencia, de sus primeros pasos en el anarquismo, en el comunismo, pero muy pronto en las páginas va a aparecer Matilde, quien se le ofrece a Ernesto en forma de visión extática, descrita con un acerado vuelo lírico sostenido por la antítesis. Aquí una muestra:

Bajo el farol, miró a través de aquella ventana y sintió un rasguño en el corazón. Agrietado y oscurecido miró dentro como si hubiera encontrado la puerta a otro mundo, como si todas las estrellas de la infancia estuvieran allí, como si hubiera descubierto el gran misterio del hombre, como si fuera el último día de su existencia. Miró el rincón de las notas. Amargos tangos reventando los ojos de los descreídos, hombres bebiendo de la tristeza, y la muchacha aquella, la de cabello recogido y fleco alborotado, de delineada ceja y pestaña larga, la de encendido color rojo en los labios, la de negra mascada atada al cuello. La enlutada, la que en el escote lleva la penitencia, y por eso mismo la gloria, la de jugoso y blando pecho brincando y brincando en contorsionados movimientos cuando estira la pierna y da media vuelta para encontrarse sola en la esquina del sufrimiento y el desamparo. La altiva, la que danzaba la vida, la atrapada, la de los sueños hechos nudo, la de los brazos de pantera, la que ronronea en luna llena estirándose mansa y furiosa al mismo tiempo.

Más adelante, como en respuesta a esta visión, Matilde sueña a Ernesto y la descripción no es menos poética:

-Una vez, eras un río bajando la montaña, y también eras los peces y las piedras rodando, y no sé por qué, pero yo estaba allí, con un largo vestido blanco mojando mis pies, sintiéndote entre los dedos. Tenía los párpados cerrados, y entonaba las coplas de tus aguas, ya sabes, tarareaba esa musiquita de los recuerdos […] Yo no la sabía entonces, pero me tiré en tus aguas, y nadé como nunca antes lo había hecho. Era tal el frenesí que creí morir. No me importó, seguí moviendo brazos y piernas, deseaba ir tan lejos como tú me llevaras, deseaba ser parte de ti. No tenía miedo. Y escuchando las notas que venían del fondo de ti, me sumergí para que de mí hicieras un canto y encontré consuelo.

Me he extendido en estos fragmentos porque la intensidad y lo profundo de la identificación del uno con el otro va a signar un amor que contra todo y por todo jamás va a decaer, un amor, pues, ejemplar, que además a Sábato le resulta vital en su ejercicio como escritor, porque Matilde es, por si fuera poco, su más confiable consejera.

Dije ya que la imaginación creadora es la argamasa con que se unen las piezas de la historia, se cubren los faltantes y se agrega aquello que pudo ser, a ojos de quien narra, aunque en realidad nunca haya sido, como el entrañable pasaje en que Ernesto y Matilde, paseando por el campo tienen un encuentro con un jovencísimo Che Guevara, a quién Sabato admiraba pero con el que nunca coincidió,  cuando éste, en su calidad de médico rural, recorre los pueblos para ayudar por casi nada a los necesitados; o el delicioso diálogo entre Borges y Silvina Ocampo sobre Pierre Menard autor del Quijote, en el apartado que Esteban dedica a la relación de Ernesto con la gente de la revista Sur.  Pero en Sabato, en esos instantes hay mucho más. Está el dato biográfico crudo, la huella que dejó en el joven Ernesto de los primeros años de bachillerato el maestro Pedro Henriquez Ureña; su acercamiento al, y su desencanto del, comunismo; su formación en el terreno de la física; sus viajes; su alejamiento, hasta llegar al abandono, de las ciencias exactas; el encuentro con los surrealistas, su conversión a la literatura etc. De otra parte, encontramos un registro exhaustivo de su trayectoria intelectual en el que el pensamiento sabatiano (que no sabatino) aparece como lúcido, sin concesiones, penetrante y visionario. Su reflexión se suma a la idea spengleriana de que asistimos hoy a la decadencia de Occidente. En él hay una crítica sistemática del hombre extraviado en el laberinto tecnológico que en mucho se anticipa a los tiempos que estamos viviendo y los por venir. Asencio sigue a su personaje y sus ideas dándole juego a la focalización alternando la voz narrativa entre la primera, la segunda y la tercera personas, así como a través de la pausa narrativa, el flujo de conciencia y el monólogo interior. Cuando nos damos cuenta estamos completamente inmersos en el universo Sabato.

Esteban, lo he dicho de otra manera, no aspira a un trabajo académico. Lo suyo es más bien una invitación a desplazarnos a través de ese universo. ¿Cuáles son sus fuentes? Sencillo, la obra misma del escritor que Ascencio ha leído y asimilado prácticamente en su totalidad. No quiero decir que no se hayan consultado otras fuentes, pero es evidente que el grueso del contenido que conforma el libro, y no sólo del pensamiento, sino incluso de la vida del argentino, proviene de su obra misma, tanto ensayística como ficcional. Se trata de un procedimiento conocido como apropiación y también, en términos de Rivera Garza, desapropiación. A fin de cuentas, el nutrimento del collage. Yendo más allá, como si del cubismo analítico se tratara, aunque la realidad se rompa en mil pedazos asimétricos (aquí la vida y la obra de Sabato), cada una de esas partes se suma a un todo uniforme.  Y por ahí desfilan los personajes y muchas de las ideas extraídas de las tres primeras novelas del argentino, pero también pensamientos, consideraciones tomadas y transferidas en cursivas o no (ahí la apropiación y, su variante, la desapropiación) de su ensayística, como Uno y el universo, El escritor y sus fantasmas, Hombres y engranajes, entre otros, de tal manera que lo contado se difracta en varias posibilidades simultáneas (ubicuidad cubista) para que Sabato, en esos instantes sea historia novelada, biografía, declaración de principios, reconocimiento y tributo. Todo ello, en suma, reducido y expandido a esos instantes que oscilan entre pasado y presente y viven para siempre en aquel limbo, al que me referí al principio.

Por todo lo anterior, uno tiene la sensación de que lo que sucede en el libro está ocurriendo; una vida que no ha dejado de fluir. Sabato está presente, nos habla, su condición de personaje doble, de la historia de la literatura y de la historia personal de Ascencio, lo pone en circulación, lo actualiza, también, en el doble sentido del término: lo pone al día y lo convierte en acto, en acción, le da movimiento y vida.

 

[1] Danto, Arthur. Historia y narración. Ensayos de filosofía analítica de la historia, Paidós, México, 2008, p. 22.

[2] Ricoeur, Paul. Tiempo y narración, Vol. I, Siglo XXI, México, 1998, p. 269.