Juan Carlos García Hoyuelos é um poeta castelão de Burgos, comprometido com a defesa das línguas ibéricas, do castelão e da identidade do País Leonés. Publicou vários poemas — Desde mi otro lado , Se lo dije a la noche , Aire, fuego y deseo o La bandera arriada —, alguns de ellos traduzidos às distintas línguas ibéricas e al ladino, e acompanhados de versões musicalizadas. Foi distinguido com reconhecimentos como o título de “Embaxador de la Llingua Asturiana” pela Iniciativa pol Asturianu, “Aconceyau de Honor 2020” pela Conceyu País Llionés e o “Premio Lenguas d’Estremaúra” pela OSCEC. Sua obra foi avaliada por diversas entidades culturais e participa ativamente de movimentos literários e sociais.
ADIÓS, AUNQUE ME DUELA PARA SIEMPRE
En mis labios quedan regueros
de soledad y besos
a los que voy a beber
en las noches de eterna sed;
en mis labios queda la temperatura
de nuestros encuentros
y las mil formas
que hice por olvidarlos.
Por ti, mis ausencias se abren
paso entre tertulias de azabache
y alguna que otra sonrisa a destiempo.
Y en muchas ocasiones, inesperadamente,
sin pedir permiso
al agua que se aproxima al molino,
siento tus manos apretar con fuerza.
En mis labios, los tuyos,
como reducto de un volcán inactivo
donde ensayamos el último capítulo.
Y ahora he de seguir,
contra corriente,
contra mí,
sin ti,
afrontando
que este amor
ha terminado
aunque me duela para siempre
y te siga hablando
como si estuvieras a mi lado.
NINGUNO DE LOS DOS SUPO LLAMARLO AMOR
Aunque nuestra pasión hizo jirones
la blusa de la luna
y cubrió el techo de perseidas,
como la nieve
nos fuimos poco a poco
retirando de las montañas.
Ninguno de los dos
supo llamarlo amor.
Fue tan fácil: tú y yo,
más que amigos,
sudor híbrido,
espuma jaleada por la anarquía.
Y, sin embargo, el alba
a falta de hallar el sustento
en nuestras bocas,
tuvo que alimentarse
de los ruidos de la calle.
Tal vez si uno de los dos
lo hubiese llamado amor…
Por qué negarlo,
sigo echándote de menos.
El orgullo no consuela los silencios.
Puede que no haya
estado enamorado de ti, no lo sé,
pero… si tú te hubieses
atrevido a llamarlo amor,
ahora no estaría rescatando
tu nombre de la playa.
CIERRA MIS OJOS
Cierra mis ojos,
muy lentamente,
que imagine en los tuyos
como se desnudan mis labios.
Y al cerrarlos,
así, muy lentamente,
guiados por un péndulo onírico
que retuvo nuestra primera cita,
regresaré a tus brazos
una y otra vez,
con cada secuestro
de la noche, siempre.
Porque, insomne en el calor de tu piel,
con los ojos cerrados,
casi moribundo,
sobran las mañanas
que maduran al sol los caminos
que llevan a nuestras vidas
por veredas distintas;
porque con los ojos cerrados
no necesitamos diluir
el azúcar en la leche
ni remover la tierra con la simiente.
INVENTAR UN VERBO CONTIGO
Voy a imaginar que en tu piel
invento un verbo
y, al conjugarlo, desaparece
cualquier referencia
a nuestro pasado:
aprenderíamos a besar de nuevo,
muy intensamente,
bisoños en el pecado.
Nacer en la armonía
de tus latidos, omitir el primer llanto;
ser el prólogo de tus caricias
antes de delatarnos
con el delirio intermitente de nuestros faros.
En tu boca, el néctar,
la mejor coartada,
mi rito pagano.
Y juntos, lejos de tierra firme
y bajo un cielo asido en los ojos,
sin referencias, sin retorno
ni brújula que señalase el norte,
tú y yo, como verbos inventados,
seríamos esos apátridas
de la bandera de arco iris,
las agujas incautadas
a nuestros relojes.
EL BAILE DESNUDO DEL RECUERDO
Si dijera
que nunca te he amado,
mentiría.
Y miento para indultar
a las mañanas que se desperezan
descorchando el pijama
de mi cuerpo.
Si dijera
que dejé de amarte,
mentiría.
Y miento a esas preguntas
arrastradas por el emisario del viento,
a tu último adiós,
a los visos noctámbulos de mi voz,
a quien jamás nos vio
cerrar al mismo tiempo
nuestros párpados:
paraíso de rincones y contraluces.
Si dijera
que no te amo,
mentiría.
Y miento, como único
antídoto posible a tu embrujo.
Y es que, camuflado en una luz apagada,
bajo el primer deseo
excéntrico de la noche,
sólo para mí,
baila desnudo el recuerdo.
BESOS DEPORTADOS
Ahora,
con el otoño
consumiéndose entre mis dedos
y los besos deportados
a vastas estepas que nunca
hubiese imaginado,
tengo que aprender
a respirar solo, de nuevo.
De lo mucho que vivimos juntos
apenas me queda
una simple y taxativa posdata.
Rompo nuestras promesas
en mil pedazos,
y en su desordenado vuelo,
un trocito de ti, hebra desprendida de este dolor,
(seguro que es uno de tus gestos)
logra ocultarse
en la escarcha que inhala mi aliento.
Lejos,
como miran las canas
al primer juego,
como lo están las golondrinas
de aquellos cielos que, azules,
retuvieron a la luna
hasta cerciorarse
de que de las amapolas
se empachaban cada una de las tardes.
Lejos, muy lejos,
sobre todo de la voluntad
de mis ojos.
Estoy en el mismo lugar, aquí, pero solo,
dentro de un paréntesis deshabitado,
con el timbre de mi voz en playback
recitando versos improvisados.
Ahora,
sin más,
lejos.
Y solo.

